viernes, 1 de mayo de 2009

30.04.09

Abres la puerta y te largas. Ese gesto es la millonésima parte de lo que de verdad quieres hacer. Contradicciones, mentiras, malas maneras, estupideces. Te sientes tratada como a una cría. No te sientes escuchada, y lo necesitas. Tu opinión no vale, tienes que acatar leyes dictadas por la apetencia de otros, con los que convives, o mejor dicho, duermes bajo el mismo techo. Aquéllos que quieren que estés a su lado, bajo el pretexto de familia, te quieren cerca, pero callada y sin pensar demasiado. Sin quejarte. No disfrutes de otros placeres a parte de su compañía. Da igual cómo te traten, da igual qué te contesten. Chitón. No contestes.

Te miras al espejo y estás pálida. Se oyen gritos de fondo, y tu mente rememora instantes recientes, en los que para que no te explotara la cabeza, has decidio salir a respirar aire fresco. No grites. ¿Es que no podéis hablar sin discutir? ¿Cómo se puede hablar con alguien que no se escucha más que a sí mismo? ¿Cómo puedes preguntar algo a alguien que no contesta a lo que le preguntas? ¿Qué hacer si le explicas su propia contradicción y no la entiende? Las palabras se te escapan en la boca, y sigues sin ser escuchada. La impotencia de no encontrar las frases exactas que les hagan ver con la claridad de un fogonazo de luz, tus pensamientos, tus ideas, tus necesidades. La angustia de no ser entendida por nadie. La idea de que tu propia locura te está consumiendo, y eres incapaz de arreglarlo.

Echas a andar mirando la luna. Nadie piensa que puedas pensar por tí misma, por ello, no se molestan en escucharte de verdad. En interpretar tus palabras. Sólo te encierras en tu habitación. Sólo sales de fiesta. Sólo te pegas los días fuera de casa. No cumples.

Frío. Tus pies no saben dónde llevarte. Pesadilla. Soledad. Quieres acabar con esa horrible sensación de dependencia. Quieres vivir feliz contigo misma. Quieres ser libre. Aprender a no sentir, a no dejarte llevar por aquellos sentimientos que te hacen ser más débil. Débil. Tienes miedo a ser débil, y ahora mismo, lo eres. Sientes que si ahora mismo te tropezaras, nadie vendría a ayudarte. Que no serías capaz de levantarte por tí misma.

Y como siempre, vuelves a ese lugar del que quieres escapar, sin más compañía que el zumbido de un ventilador debajo de la mesa y el parpadeo del flexo.

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