martes, 19 de mayo de 2009

Cierras los ojos, y al momento, tu mundo explota.

Sombras, momentos, guiños, recuerdos.

Sensaciones, sabores, miradas, rencores.

Te sientes pequeña e insignificante. No calzas en esta situación, quieres verla desde fuera, no desde dentro, sin vivirla, sin sentirla, sin llegar a sufrirla. Se te hace grande, quieres oír el eco de tus chillidos, pero el techo está muy alto y las paredes muy lejos.

Brisas de aire revuelven tu pelo, el aire se vuelve menos espeso, y ves una luz en el horizonte. Una estrella fugaz con una gran sonrisa y muchos rizos te deslumbra, y sientes su calidez. Por un momento sientes orden en tu cabeza, la presión en el pecho se calma, puedes respirar hondo. Pero tu felicidad es efímera.

Cae la noche y tu mirada se enturbia. Una voz y muchas palabras. Una sensación y un deseo. Sé feliz.

Buscas desesperadamente un agujero en el que meterte. Deseas sentir que las frías paredes te rozan. Y una vez allí, puedes chillar hasta que el eco te deja sorda, puedes inundar el agujero con tus lágrimas, y escupir todos tus dolores sobre ellas.

Amor, amor. Todos quieren poseerte. Pero ninguno desea quererte.

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